Carta a mi muerte

Carta a mi muerte

Aprender sobre la muerte me enseña sobre la vida…
Pensar, saber, integrar mi muerte, me lleva a tener una nueva mirada sobre mi vida…

Una nueva conciencia, una nueva presencia, en esta realidad, en este tiempo, en este ahora…
Nuevos aprendizajes, nuevas experiencias… entre ellas, y de la mano de El Faro, un encuentro de lectura y escritura. El tema que nos convocaba era el último capítulo de «La rueda de la vida», de Elizabeth Kübler Ross… Y nos porpusieron escribirle una carta a la muerte, de la que surgieron estas palabras…

Querida mía:
Fin y principio, esperanza y temor, hoy te miro con una nueva mirada. Una nueva forma de entenderte, uniendo viejos sentires, con nuevas palabras.
Me preparo para tu llegada, sé que llegarás en el momento perfecto.
Me preparo, sabiendo que me tomarás amorosamente de la mano y me llevarás a un nuevo nacimiento.
Te espero, y, mientras tanto, vivo
Lore

Carta de despedida a mi útero y a mi sangre menstrual

Carta de despedida a mi útero y a mi sangre menstrual

Última charla con mi sangre menstrual, antes de ofrecerla a la Madre Tierra

Esta carta forma parte de uno de los momentos más importantes de mi vida, de los momentos más sagrados e inmensos que una, tal vez, ni se imagina que puede experimentar. Llegué a la histerectomía después de un largo camino. Llegué de la mano de un hermoso rito de paso a la plenipausia para el que me pidieron que escriba esta carta.
Soy quien soy gracias a mi útero, puedo transmitir lo que hoy transmito, gracias a él.

Hay mucho más para compartir, de a poquito lo iré haciendo

Querido útero, cuenco sagrado, guardián de mis aguas más profundas, misteriosas… sagrada conexión con mi sangre menstrual…
Estamos a pocos días de decirnos adiós… estamos en esos días en los que las palabras que brotan son: Amor, gratitud, honra…

Llega el momento de tomar caminos diferentes, y me das el regalo más dulce que podías darme, celebrando esta despedida con serenidad, compartiendo este último mes sin dolor
Llega el momento de la despedida… y honrás esta despedida con una última y consciente menstruación…
Siento que a ambos les quiero decir gracias, los amo, los honro: a vos, querido útero, y a nuestra sangre menstrual…

Sangre mía, a veces regular, otras irregular… a veces esperada, necesitada, ansiada… otras veces llegando de sorpresa, alejada de lo previsto, pero siempre, siempre respondiendo a situaciones emocionales importantes… creo que te habrás cansado de que te toque, te huela, te mire, te pruebe, te pregunte…
Pero estoy segura de que también te sentiste honrada, amada, valorada, en cada palabra, en cada rito en el que te pude ofrecer a la Madre…
Resonaste a veces con unas fases de la luna, a veces con otras… Fuiste observada, amada, rechazada, fuiste liberadora de miedos, portadora de mensajes, palabras y hasta oráculos…

Mi última menstruación, en ese cuenco que tantos ritos acompañó

Hoy me bañaba y te vi corriendo por mis piernas, casi por última vez, y fue hermoso sentirte como caricia… ver como te convertías en esa mancha de acuarela diluyéndose junto al agua de la ducha… diciendo adiós.
Gracias, gracias, gracias, por esta última visita (temía que no vinieras y que no pudiésemos despedirnos)… gracias por esta última honra en el jardín.

Y vuelvo a vos, querido cuenco, porque en todos estos años, fuiste mi gran maestro… guardador incondicional de memorias, de secretos, de ilusiones, de anhelos, generador de fuerzas inimaginadas, y de conexión con mi interior más profundo.
Cuenco dormido, cuenco despierto, con agua susurrantes, o con aguas tormentosas que trataban de despertarme a gritos…
Fuente de mi poder creador.
Puerta de acceso a mi linaje femenino.
A vos te agradezco que me regales esta última menstruación, que entiendo como las perfectas palabras del adiós…

Llegó el momento de la despedida, llegó el momento de cerrar esta etapa, cerrarla con balances, con recuerdos, inevitablemente haciendo un recorrido hacia atrás, que concluye en la infinita gratitud
¿Quedará algo por decirnos?
Qué podría decirte que no hayamos ya conversado, en momentos de ofrendas a la Tierra, en el baño, mientras compartíamos sangrados y dolores, en la cama…

Compartimos años de una relación vertiginosa, de aceptación y de negación, de rechazo y de amor… y también de co-creación
En esta relación que ya está tan próxima a cambiar de forma… aprendí tanto de vos… gran maestro!
Siento que nada lo hice sola, que todo lo que hicimos lo hicimos juntos, el camino recorrido fue perfecto… cuando comenzamos a participar de ritos del útero, cuando comenzaron a caer las fichas de que nuestra relación era más que física… cuando comenzamos a compartir con otras mujeres ritos y ceremonias, cuando abrimos la energía a los hombres, cuando fuimos aprendiendo eso que ahora ni dudamos: “sana una, y sanamos todas”… cuando enarbolamos la bandera y la idea tan ambiciosa de cambiar la conciencia colectiva del dolor y del miedo… por esa afirmación a la que cada día con más fuerza adherimos de que el vos (y todo lo que tu nombre significa) sos y estás, “para crear, y dar luz a la vida…”

Fuiste un compañero fiel y leal, fiel reflejo de mi vida, traduciéndolo al interior en todas las formas que se te ocurrieron hasta que te pude oír. Ahora comprendo todavía más eso de que “como es afuera, es adentro”: guardaste incondicionalmente todo aquello a lo que me quise aferrar, te hiciste eco de aquello que tal vez no podía expresar con palabras.
Fuiste un compañero tan poderoso… me enseñaste a parirme cada paso, a dar a luz a tantos momentos de mi vida… a saber y estar convencida de que la fuerza creadora nos habita, y ese centro creador es tu mismísima energía.
Te esmeraste, te esforzaste para que te escuchara… y me llevó tiempo hacerlo.
Te negué, te rechacé, también te quise retener a cualquier costo, aprendí a amarte, a sentirte, a verte… pero no te escuché hasta que no fue el momento, y cuando llegó el momento, llegó desde el amor, la aceptación, el desapego, desde la gratitud y la honra…
Tendimos redes, tejidos, construimos… literalmente nos enredamos, pero pudimos encontrar la punta de ese ovillo, y comenzar a ordenar la maraña.
Tantas veces repetimos “Yo libero a la mujer que hay en mí…” sin darnos cuenta de que iba a llegar el momento, este momento, de liberarnos a nosotros mismos…
Hoy te libero, prontito saldrás de mi cuerpo y juntos nos liberaremos del dolor, del cansancio, de las ataduras que durante este tiempo sostuvimos. Ojalá me dejen verte cuando estés fuera de mí, ojalá pueda tener ese momento físico, para tocarte, mirarte con los ojos del cuerpo, tal vez hablarte, y decirte, repetirte sin que me canse… Gracias!!
Gracias por haberme habitado
Gracias por haberme abierto los portales a mi linaje
Gracias por no bajar los brazos, hasta que pude oírte
Gracias por haber sido mi útero.

Seguirás presente en cada Luna Nueva, en cada rito, en cada ceremonia… y en esos momentos, te honraré!